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Era una tarde soleada, ideal para ir a bailar al aire libre. La glorieta era una buena opción, gratis, cerca de casa, así que me decidí y salí con mis zapatitos colgando del brazo. Llegué bastante temprano, no había mucha gente. Empecé a mirar un poco la pista, todavía sin cambiarme los zapatos para ver si identificaba a alguien con él que me gustara realmente bailar.
A medida que una avanza en el baile ó mejor dicho va juntando experiencia, se empieza a poner un poco selectivo….prevenido…temeroso quizás?? Al comienzo, en la desesperación por aprender rápido, uno acepta bailar con cualquiera, luego se empieza a dar cuenta que no a todos nos viene bien bailar con todos. El problema es que para ese entonces algunos creen tener una suerte de “Derechos adquiridos” como si haber bailado alguna vez los habilitara para seguir disponiendo de una cada vez que nos encontráramos en algún lugar.
Pasado un ratito decidí ponerme mis zapatos ya que la gente comenzaba a llegar. Prontamente un hombre que me doblaba en edad se me abalanzó y me sacó a bailar. Me tomó tan de sorpresa que no pude emitir mi ensayado “No gracias” el cual estaba dispuesta a emitir a todo hombre con el que no se me antojara bailar, pero que al momento de llevarlo a la práctica se me hacía muy difícil. El caso es que terminé bailando con este señor. Bastaron solo algunos pasos para que mi memoria recordara a ese personaje siniestro. Era el viejo que solía apretarme como un matambre. La presión que ejercía era tan fuerte que casi no podía respirar, menos que menos, bailar. En ese momento y hasta que terminó el tema, comenzó una lucha de fuerzas entra mis codos que intentaban clavarse entre sus brazos y mi torso y sus brazos que cada vez ejercían más presión hacia adentro. En otra ocasión hubiera pensado: que grande el viejo!!!, cuanta energía le pone para bailar. Ahora pienso: viejo degenerado, mirate en el espejo, dejá de correr pendejas y sacá a bailar a una de tu edad. Mientras “intentaba” terminar la canción miraba a mi alrededor y vi a por lo menos una veintena de mujeres solas, claro, mucho más grandes que yo, esperando para que alguien las saqué a bailar. Ahí mi furia tomó forma, color y lo que es más importante tomó “argumento”. Lo que más me molestaba de ese tipo es que usaba al Tango para apretar pendejas, porque si su intención era solo bailar…. porque no bailaba con las otras mujeres más grandes que yo. Terminó el tema y lo planté. Volví a mi esquinita ya con las ganas de bailar un poco más caídas. Me hice la distraída un rato, cosa que nadie me sacara a bailar mientras me recuperaba del mal trago. En cuanto volteé la vista ahí estaba, parado justo enfrente mío, con una sonrisa de oreja a oreja, a ese si, lo recordaba bien era el “enano maldito”. Todavía no tenía claro porque lo llamaba así pero había algo en él que no me terminaba de convencer. Era joven, no me apretaba como un matambre, ¿Qué me molestaba de él? No lo recordaba, así que le acepté bailar una tanda. Bastó un solo paso para recordarlo. La diferencia de tamaño entre mi metro ochenta y siete y su metro sesenta (si es que no mide menos) era tan extrema que era imposible coordinar algún tipo de baile. Su cabeza llegaba un poco arriba de mi busto. Nuestros torsos quedaban completamente desfasados sin posibilidad de armar un abrazo decente, nuestras piernas al ser tan diferentes no podían coordinar los pasos. A eso se le sumaba que el tipo bailaba mirando hacia todos lados con cara de libidinoso, así que en ese momento tuve ganas de empujarlo y gritarle ¡NO TE DAS CUENTA QUE ES IMPOSIBLE BAILAR JUNTOS! Pero un llamado a la reflexión me dijo, hay algo que este enano fetichista disfruta de esto. Le encanta que lo vean bailar con una mujer mucho más alta que él, se siente grande, se siente poderoso. Y yo ¿qué? Otra vez me encontraba alimentado fantasías ajenas. No pude ser tan cruel como con el otro así que le bailé tres temas y me fui. La tarde no había empezado bien, pero todavía guardaba un gota de esperanza de poder disfrutar aunque sea un baile, cuando paso por delante de mí un hombre alto, atractivo, con ojos claros muy llamativos y con una voz muy seductora me dijo: bailas! Algo recordaba de él pero decidí hacer caso omiso. ¿Qué me podía molestar de un hombre así? Comenzamos a bailar, el hombre bailaba bien, nuestros cuerpos al ser del mismo tamaño nos quedaban cómodos, era bastante agradable, pero había algo que no me permitía terminar de relajarme. Hasta que de repente lo sentí, bien claro. Su mano casi llegando al límite donde comenzaba mi cola, sus piernas metiéndose cada vez más atrevidas dentro de las mías, su boca acercándose cada vez más a mi cara, ¡ERA EL ACOSADOR! Ahora si lo recordaba, era el tipo que confundía el Tango con tener relaciones sexuales bailando. No pude esperar que terminara el tema lo solté en medio de la pista. Me fui dando zancadas hasta mi rincón, me cambié los zapatos a toda velocidad y me puse el abrigo. La cabeza me hervía de furia y mi boca se tragaba infinidad de puteadas e insultos. ¡No bailo más! ¡Dejo el Tango para siempre! decía por dentro, tomé mi mochila y me fui disparada. Una vez en mi casa, ya más tranquila comencé a reírme a carcajadas, luego me miré al espejo y comencé a repetir una y otra vez ¿Bailas? No gracias… No gracias…. No gracias…
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