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Sábado, 19 Mayo 2012

Una categoría invisible, donde sólo compiten los “pataduras” y su ilusión

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Escrito por Pablo Calvo   
Viernes, 02 de Septiembre de 2011 23:09

Una categoría invisible, donde sólo compiten los “pataduras” y su ilusión

El otro Mundial de tango. Entre los shows y el concurso de los expertos, también están los que quieren aprender a bailar.

Mundial de Tango
Jorge Göttling me contó un secreto. Con volumen de susurro, me dijo que fue escritor fantasma de Enrique Cadícamo, cuando el poeta, que merodeaba los 100 años, le pidió ayuda. Göttling fue el periodista que mejor cuidó el alma tanguera. Retrató a sus amigos en una sección que se llamaba “El Buscavotos porteño” y, en la columna “Miradas”, convirtió a los perdedores de la Ciudad en personas con biografía y revancha.

Créanme que los personajes se le ofrecían, como aquella tarde de revelaciones en el café La Opera, de Corrientes y Callao. “Míreme bien –se apareció un señor–, peso 170 kilos y viví anécdotas que le pueden servir”; “Tomé mi tarjeta, maestro, –lo saludó otro– soy abogado, pero estuve preso y tengo miles de historias que, si no las cuento, se van conmigo”.

Fue aquel día en que confesé mi punto débil: Jorge, me encanta el tango, pero no sé bailar. Y entonces él sacó una tarjeta blanca con dos nombres: Gloria y Rodolfo Dinzel. “Andá a verlos de mi parte, hacen bailar hasta a las estatuas de yeso”. Supe entonces que Rodolfo, profesor de 200 mil alumnos en todo el mundo, fue el que tuvo la idea original de hacer un Mundial de Tango en la Argentina.

Jamás me animé a llamarlos. Aunque, como el Maradona en blanco y negro que hace jueguitos en el potrero y le habla a la cámara entre los rulos de la infancia, también mi sueño fue “jugar un Mundial”.

Fue por eso que, en sábado, tomé el 17 y encaré hacia Figueroa Alcorta y Pueyrredón con las ganas de Al Pacino en Perfume de mujer. Había una clase para principiantes y, sin bien no me anoté en la planilla oficial, me puse a un costado de la pista y empecé a intentarlo.

En el centro del cuadrilátero estaba Claudia Bozzo, una espiga fibrosa también pionera y fundadora, hace 20 años, de la Escuela del Tango. Me pareció recordar que Jorge también me la había nombrado, pero no era el momento de preguntar, porque las parejas estaban listas para girar a contramano del reloj.

-Voy al lugar donde está ella, busco caminar por adentro de mi compañera. Y no se preocupen, no teman atropellarla, porque ella se va a mover- les dice Claudia a los hombres, algunos con zapatos de suela, otros en zapatillas, todos concentrados.

-Él busca invadirnos, los cuerpos se mueven acompasados- las tranquiliza a ellas. Y yo, a cuatro metros, pienso que está mal empleada la palabra “inmaterial” que se eligió hace dos años para consagrar al tango como Patrimonio de la Humanidad, porque no es “inmaterial” un duelo apasionado donde lo mejor está en el abrazo.

-Escuchen la música, es un ataque por acento- vuelve la profesora, entre parejas de alemanes, colombianos y jóvenes locales que se divierten con las cadencias, los boleos y las barridas.

Me intriga Claudia, ya estoy seguro de que el gran Göttling me la nombró aquella tarde, pero la clase sigue y el Mundial de los pataduras está en su plenitud.

Choco con una mujer cerca de la cinta que ataja a la multitud. Me disculpa, se sonríe, hay un código compartido, el de la ilusión de aprender a bailar.

El Mundial atrae a miles de espectadores, que aplauden a los expertos y se apiadan de los troncos, entre los que me muevo como un as. Tacones aguja esquivan mis pisotones, creo que si ensayo un firulete me voy a esguinzar, pero igual voy por la medalla a las ganas de pasarla bien. La música transporta a los bailarines. Viajan las miradas hasta el refugio de los recuerdos, cadenas invertidas entre Alicia y Juan, caminatas sincopadas entre Adolfo y Graciela, ganchos con respuestas entre Teresa y Serafín, escenas perfectas de la memoria o, quizás, de la imaginación.

El bandoneón -o como decía Jorge, ese gusano asmático en las faldas de Pichuco- avisa que la función se acaba. Tengo que hablar con Claudia Bozzo antes que los bailarines se desparramen hacia las otras actividades del festival, películas de Gardel, recitales de Jairo y Leopoldo Federico, recitados de Horacio Ferrer y baladas para locos de Raúl Lavié.

Ella desaparece y yo me voy vencido, sin medalla por el intento ni proyección de mejoras. De repente, alguien me agarra del brazo y me invita a guarecernos de los curiosos. Es ella, sospecha de mi timidez.
-El alemán Göttling me habló de vos y me dijo que te buscara.
-Acá estoy, yo hablaba de tango con él cuando nadie nos escuchaba.
-Es hora de decírtelo, no sé bailar.
-No te preocupes, ya vas a aprender.

Publicado el 28 de agosto en diario Clarín

http://www.clarin.com/ciudades/categoria-invisible-compiten-pataduras-ilusion_0_544145780.html#.TlqkNjnsuAI.blogger

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